Las Armas de China
Los Juegos Olímpicos de 2008, que, como bien sábese, se realizan en Pekín (Beijing, en inglés), la capital de la República Popular China, mueven a reflexión acerca de su significado.
Esa reflexión tiene un pivote filosófico: los Juegos Olímpicos son, insoslayablemente, expresiones políticas de guisa deportiva, en particular en ésta versión ocurrente.
A mayor abundamiento diríase sin tapujos que estos Juegos Olímpicos son expresiones elocuentes de cultura política, entendida ésta como acervo experiencial y articulado del ser social.
A esa percepción concurre la definición clásica. El hombre, por su naturaleza de ser social, es esencialmente un animal político. No antojaríanse vanas la pompa y el esplendor de la Olimpíada china.
Así, a intramuros de ese contexto se dan manifestaciones de la cultura del deporte que son a la vez modalidades de hacer política y estilos que anuncian la entrada a escena de un nuevo actor.
Ese actor no es, predeciblemente, cualquier actor. No es del montón. No. Es un actor que reclama un derecho a principalidad y, por ende, reflectores y marquesinas, bombos y platillos.
En efecto, la República Popular China --nuevo actor en la escena de la política mundial-- reclama un derecho anhelado durante mucho tiempo, de siempre tal vez, pero sobre todo desde 1949.
En 1949, Mao Tse Tung (en inglés, Mao Zedong) convirtió al ente republicano chino cuyo presidente era un corrupto militar de nombre Chiang Kai-shek (fundado por Sun Yat-sen) en una República Popular.
Mao sabía por vivencia personal que al poder político se accede con los rifles, pero no desechó el papel estratégico del capital para conservar y reproducir el poder de un país en el mundo.
Para Mao, el poder real --político o de cualesquier otras naturalezas-- de un país en el mundo podríase conquistar mediante la dispensa de símbolos potestatarios a otros actores planetarios.
Dicho de otro jaez: mostrar al exterior una imagen preñada de simbolismos y significados inferidos: un dragón enorme, con fauces con fogaratas estruendosas, quemantes.
Fogonazos quemantes, sí, pero que no incineran. Un dragón que sonríe al mundo, aunque hacia dentro, en la introspección de la psique colectiva --social--china las bocanadas de fuego sí incineran.
¿Cómo lograron los herederos de Mao ese acceso de China a la escena mundial del poder real? Control político interno y manejo de mercados en lo externo. Fórmula improbable, pero hoy muy probada.
Muy probada, sin duda, por los chinos. China controla sus fuentes de abasto de insumos estratégicos siendo, como es, un gran mercado. Su tamaño es un imán muy poderoso, por irresistible.
China posee, incluso, un grueso de la deuda de Estados Unidos, lo que le da ventaja táctica. Su enorme liquidez --por exportación e importación de bienes y servicios-- es su gran arma.
Pero no es esa su arma única. En su arsenal de rugidos llameantes de símbolos de poder del dragón chino hay muchas otras, además de su liquidez y su pantagruélico mercado: su afán por tocar al mundo.