Comandante Lara, de Los Zetas
Permita el caro leyente que este escribidor se refiera a sí mismo en primera persona del singular al relatar un episodio de reciente ocurrencia y que tiene que ver con ciertas aserciones personales con respecto a la descomposición del Estado mexicano.
La descomposición del Estado mexicano es general, aunque en ciertos aspectos es más rápida que en otros, en un derrotero inexorable a la desintegración. Hacia allá vamos los mexicanos y hacia allá va el país. Es un proceso ocurrente.
Por ello bien pudiere decirse que la descomposición y su eventual destino, la desintegración, está ocurriendo ante nuestros ojos, aunque no pocos mexicanos no lo veamos o no querramos verlo o simplemente no lo registremos ni entendamos.
Mis asertos acerca de la descomposición del Estado mexicano dichas en un discurso en sesión solemne del Cabildo de Veracruz, en la que se me declaró Veracruzano distinguido, causaron no pocos enarcamientos de cejas. Sorpresa.
Pero sostengo y reitero lo dicho. Un notable de ese honrador Cabildo del no menos honrante Ayuntamiento veracruzano insinuó cortésmente que "el Estado no se está cayendo a pedazos, sino que está más fuerte que nunca". Me pareció increíble lo que dijo.
Mi respuesta fue la de relatarle sin adjetivos ni churriguerías lexicográficas ni semánticas una experiencia reciente, vivida precisamente un día antes de la sesión solemne del Cabildo. Héla aquí:
Por teléfono me contactó en mi domicilio en Veracruz un personaje que con voz imperativa --pero nerviosa-- y gritona, el acento costeño, se identificó así: "Soy el temido comandante Lara, de Los Zetas, pa´decirte que vamos a secuestrarte". Me reí.
Nadie se presenta a sí mismo con esa credencial de "temido". ¿Por quién o quiénes? Nadie se presenta tampoco como "de Los Zetas". Y, sobre todo, nadie avisa que te va a secuestrar. Secuestra, simplemente, y ya. Son efectismos psicológicos.
A mi carcajada añadí una interjección propia del acervo popular linguístico de mi entorno sociocultural de Veracruz, avisándole "Párale a tu broma", seguido de mi deseo de que se fuera por allí, por los lares procelosos de la ubicua Chingada.
Esa respuesta desconcertó al susodicho comandante "Lara" --a quien supongo sedicente-- de Los Zetas. "Ahora cualquiera se ostenta de Los Zetas", dije. "Los Zetas secuestrarían sólo ricos, no a pobres pensionados. ¿De cuánto sería el rescate?"
"¡No me des el avión!", gritó el señor "Lara", añadiendo: "¡Te vamos a chingar, cabrón! ¡Ya vamos por ti!" Respondí: "¡Ah, qué bueno! Así te pagaré personalmente el rescate. O si quieres, nomás te daré un anticipo". Y colgué. Y empecé a temblar.
La adrenalina gastada, el miedo --o el terror-- se aposentó en la conciencia. Caí en la cuenta del riesgo a mi integridad física y el impacto psíquico. La secuela es de espeluzno. Millones de mexicanos vivimos aterrorizados, síntoma de descomposición.