La racionalidad “chuchista” justifica, sin duda, las alianzas del Partido de la Revolución Democrática con el de Acción Nacional e incluso –eventualmente-, el Revolucionario Institucional. Pero es una racionalidad de oportunismo y claudicación.
Supongamos que los candidatos de la citada alianza ganen las elecciones venideras a gubernaturas, legislaturas locales y ayuntamientos, ¿cogobernará realmente el PRD? ¿Será, como dice el señor Ortega, verdadero factor de decisión en el rumbo del país?
La experiencia histórica demuestra lo opuesto. En aquellos procesos de renovación de poderes de los 31 Estados Unidos Mexicanos en los que el PRD se ha aliado con el PAN o el PRI, han sido ninguneados o ignorados y hasta expulsados de la alianza.
¿Qué le garantiza al PRD, que se ostenta como una izquierda que, por partidista, es cómplice de las aberraciones del poder político del Estado promotor de la forma de organización económica neoliberal actual francamente antisocial, antipueblo?
Es obvio que las razones del señor Ortega para justificar esas alianzas –que él llama tácticas— son premisas falsas de una lógica del mercenarismo político, lo cual anula cualesquier metas estratégicas al cercenar una alternativa político-electoral coherente.
Ello despierta sospechas acerca de los verdaderos móviles del señor Ortega y una paupérrima concatenación de premisas y silogismos en su ideología, la cual deviene de reivindicadora –originalmente— en crematística. Es reconocer a priori una derrota.
Supongamos que en 2012, el PRD ignora a sus propios precandidatos naturales y resuelve postular, en alianza, al abanderado del PAN o del PRI, y éste llega a Los Pinos, ¿de verdad cree don Chucho que será “factor de decisión” en el rumbo del país?
Supongamos que el jerarca perredista así lo crea de verdad –que esté genuinamente convencido de ello-, su papel de “factor de decisión” en el rumbo de México no se inspira en los principios de la izquierda, sino en los de su personal ganancia política.
La izquierda en México vive en crisis de congruencia filosófica, ideológica y política y cultural por propia mano, lo cual raya en saltimbanquismo suicida. Su moraleja es la de que los principios pueden ser cooptados a precio de remate.