El señor Arnett, un periodista estadounidense de origen australiano, hizo su carrera en el periodismo reportando los incidentes brutales de la Guerra de Vietnam para la agencia de noticias The Associated Press. Estuvo luego en otros conflictos bélicos, incluyendo las dos guerras de Estados Unidos contra Irak y Saddam Hussein.
Sabía, pues, don Peter acerca de lo que hablaba. En Vietnam –en donde éste escribidor, siendo corresponsal de guerra de Excélsior, conoció al señor Arnett— no se libraba una guerra declarada por EU a los vietnamitas: simplemente invadieron y ocuparon el país al ser expulsados los soldados de Francia por el patriota Ho Chi Minh.
Los gringos pensaron que podrían ocupar el hueco dejado por los franceses, pero, desde 1958 a 1975, los estadunidenses jamás pudieron someter a los vietnamitas; éstos estaban motivados y, por añadidura, habían adquirido mucha práctica pues llevaban casi un siglo luchando contra invasores chinos, primero, y luego, los galos.
Hágase, por supuesto, una salvedad: La Guerra de Vietnam no se compara con la guerra que Felipe Calderón, el Presidente de Facto, libra sin gloria patriótica alguna y sí con mucha pena contra el pueblo de México so pretexto de combatir a las organizaciones dedicadas al tráfico ilícito de estupefacientes y psicotrópicos.
En tres años, tres meses y dos semanas de guerra no declarada de don Felipe contra los elusivos e inasibles jefes de jefes del narco, el saldo es terrible: 18 mil muertos y el doble de heridos. Hace días, en Guerrero fueron asesinados 45 personas. Y, antes, en Ciudad Juárez, 16 adolescentes fueron atravesados por las balas de sicarios.
Han muerto muchos. Continuarán muriendo miles más, asesinados, con sus secuelas de incertidumbre, terror, desesperanza. Nos aterroriza morir en un fuego cruzado entre sicarios o entre éstos y el Ejército o la Marina, o ser asesinado por los mismos soldados cuyo salvajismo no es menor que el de los narcos.
¿Qué nos dice ello? Que los mexicanos estamos en guerra y, lo peor, que nos estamos acostumbrando a ella. En esa guerra, cuyas batallas se libran en vivo y a todo color y ante nosotros, las verdaderas víctimas son los civiles inocentes. Pero salvo algunas voces aisladas de damnificados, nadie que no sea deudo de victimados reclama.