Nadie lo sabe
El 17 de abril de 1695, a las tres de la mañana, murió la más grande pensadora mexicana: sor Juana Inés de la Cruz. Tenía 46 años. La insigne escritora fue víctima de una epidemia, una de tantas que de cuando en cuando asolaban y diezmaban a la ciudad de México (y a otras urbes y poblaciones del planeta).
Nadie sabe a ciencia cierta, sin embargo, cuál fue la enfermedad que privó a México y al mundo del genio de sor Juana. Hay quien dice que se trató de una epidemia del temible cólera morbus. Pero la falta de conocimientos científicos de la época impedía siquiera establecer un diagnóstico.
Eso fue al finalizar el siglo XVII. Mas esa falta de conocimientos se prolongó hasta comienzos del siglo XX. En 1918, otra epidemia universal y catastrófica se llevó a la tumba a 25 millones de seres humanos, aunque existen fuentes que hablan de más de 50 millones de víctimas.
A esa peste cataclísmica se le dio el nombre de influenza o gripe española, pues fue en el país ibérico donde se inició la epidemia y donde causó quizás el mayor número de fallecidos.
Unos meses después de aparecido, el flagelo se extinguió sin que se supiera de dónde había venido ni cómo había llegado. Nadie tampoco supo de qué peste se trataba. Esa ignorancia absoluta impidió hacerle frente. Hoy se sabe que se trató de una gripe aviar, de una gripe de las aves. Fue la última gran epidemia de carácter universal, hace ya casi un siglo.
Y si bien hay quien dice que la última gran peste es en realidad la actual epidemia de sida, lo cierto es que esta moderna patología no posee el carácter esencial que calificaba a las pestes históricas.
Este carácter esencial es la imposibilidad de hacerles frente. Porque sin negar su índole epidémica, el sida es hoy una enfermedad prevenible, tratable y controlable. Una patología crónica y de larga sobrevida. Y no, como al principio y por algunos años, una enfermedad terminal de origen desconocido.